martes, 21 de mayo de 2013

zapatos que nunca veré

hace hoy justo un mes, el pasado domingo 21 de abril, se publicó en magazine la entrevista de los zapatos con el expresidente del parlamento europeo enrique barón. fue la última. la sección, nacida en febrero de 2008, ha dejado de publicarse. hace unos días encontré una lista elaborada al poco de que echara a andar. eran 25 candidatos, 17 de los cuales no llegaron a enseñar su calzado por una u otra razón: antonio maría rouco varela, juan josé ibarretxe, mario vargas llosa, enrique morente, manolo blahnik, lorenzo fluxá, larry page, jordi hurtado, bibiana aído, karmentxu marín, carlos saura, aitana sánchez gijón, miquel barceló, jorge herralde, esther tusquets, elvira lindo y ana blanco.

ya no podrá ser... 




han sido más de cinco años en los que varios redactores (mercedes ibaibarriaga, juan carlos rodríguez, javier caballero, maría tapia, azucena sánchez mancebo y un servidor) y varios fotógrafos (chema conesa, luis de las alas, ricardo cases, antonio heredia, rosa muñoz, roberto cárdenas, thomas canet y sergio enríquez) hemos entrevistado y retratado a premios nobel, campeones del mundo, sabios, colegas, sex symbols, algún vendemotos y,sí, a la mitad del reparto de cuéntame

en esos cinco años ha habido anécdotas e historias curiosas. como la del peluquero rastafari de patrick dempsey o el día en que el realizador británico stephen frears me llamó nazi. iremos dando cuenta de ellas en este blog.

ah, por cierto, la foto del marco vacío que se ve arriba es de josé maría presas. sin su paciencia y su colaboración la sección no hubiese salido adelante.

martes, 14 de mayo de 2013

de ratones y hombres de teatro (miguel del arco inédito)

ayer se entregaron en madrid los premios max de las artes escénicas. carlos hipólito ganó el de mejor actor protagonista por su papel en follies. pero la historia que sigue tiene más que ver con los otros dos candidatos, fernando cayo y roberto álamo. más concretamente, con george y lennie, sus respectivos personajes en de ratones y hombres. y más concretamente todavía, con miguel del arco, el director de la función.

de ratones y hombres es una novela breve y desoladora, una historia trágica sobre amistad, lealtad e ilusiones truncadas que quien sea capaz de leer sin emocionarse es un insensible o, sencillamente, un gilipollas.



 "los hombres como nosotros, que trabajan en los ranchos, son los tipos más solitarios del mundo. no tienen familia. no son de ningún lugar. llegan a un rancho y trabajan hasta que tienen un poco de dinero, y después van a la ciudad y malgastan su dinero, y no les queda más remedio que ir a molerse los huesos en otro rancho. no tienen nada que esperar del futuro. [...] ¡pero nosotros no! y, ¿por qué? porque... porque yo te tengo a ti para cuidarme, y tú me tienes a mí para cuidarte. algún día vamos a reunir dinero y vamos a tener una casita y un par de acres de tierra y una vaca y unos cerdos. y viviremos como príncipes, y tendremos muchos conejos...".   



john steinbeck la escribió en 1937, con tanto éxito que dos años después el propio autor la adaptó al teatro para su estreno en nueva york. transcurridos 75 años de la publicación de la novela, el 8 de marzo de 2012, se estrenó en el teatro arriaga de bilbao una nueva adaptación, esta de miguel del arco y juan caño arecha, con dirección del propio del arco.

cuenta la historia de dos braceros que se van ganando la vida de finca en finca en california en los días de la gran depresión. lennie es retrasado y george vela por él cumpliendo con el encargo que de manera tácita le encomendó la tía clara. ni la novela ni la adptación relatan la infancia de los protagonistas o entran apenas en quién era la tía clara. y del arco pensó que, para que los actores se fueran metiendo en sus papeles antes de los ensayos, sería buena idea inventarles un pasado a george y a lennie y retratar a la tía clara.

lo hizo en dos deliciosos textos,16 folios en total, concebidos para uso exclusivo suyo, de fernando cayo y de roberto álamo. 

el domingo 28 de abril publicamos en magazine una breve entrevista con él en la que comentó, entre muchas cosas que hubo que dejar fuera, que había escrito aquello. le pregunté si tendría inconveniente en mandármelo y en que lo volcara en este blog. me dijo que se lo pensaría.

se lo ha pensado. para él esos dos textos no dejan de ser una herramienta escénica. yo veo en ellos un hermoso prefacio a de ratones y hombres. los vuelco tal cual los envió hace unos días.




Lo que viene a continuación son dos textos que escribí para el primer encuentro con Fernando Cayo y Roberto Álamo, los actores que había elegido para interpretar a George y Lennie, los dos protagonistas de De ratones y hombres de John Steinbeck.


Diario de la tía Clara.

Mi hermana ha muerto. Me han devuelto la última carta que le envié con una sola palabra escrita en un golpe de matasellos: defunción. Le escribía todas las semanas. Una tras otra a pesar de que nunca volviera a responder a mis cartas desde que las cosas empeoraron con su marido. Ese ratito de escritura semanal se había convertido en la única forma de mantener contacto con ella. Como no me las devolvían, alimentaba la secreta esperanza de que mi hermana las recibía. Jugaba a imaginarla saliendo a hurtadillas de la casa para esperar al cartero e interceptar la carta antes de que su marido lo hiciera. Escondida en el baño para abrirlas. Tapándose la boca con la mano para ahogar las risas o la emoción que le producían mis palabras y que él no la oyera… Ahogar las risas… Debería haber hecho algo. Denunciar a esa bestia inmunda. Negarme a abandonar su casa cuando el me empujó escaleras abajo. El terror había paralizado a mi hermana. Metí algo de ropa en una maleta e intenté sacarla de esa casa que se había convertido en prisión. Él apareció antes de lo previsto. Arrancó mi mano de la de mi hermana y la empujó salvajemente escaleras arriba. Se detuvo un instante y se volvió hacia mí. Me dijo que si volvía a aparecer por su casa acabaría conmigo. Que me hiciera a la idea de que mi hermana había muerto porque nunca más la volvería a ver. Debería haberme negado. Debería haberme mudado a la ciudad para alquilar una casa frente a la suya. Aunque solo hubiera sido para que mi hermana me viera por la ventana. Que supiera que no estaba sola. La dejé sola. Defunción. Mi hermana ha muerto. No sé a cuál de los dos sentimientos que me estrangulan dar rienda suelta para sacudir mi alma: la devastadora tristeza que me produce pensar que nunca más volveré a verla o el alivio ante la seguridad de que el sufrimiento constante que padeció en vida por fin ha terminado. Mi pobre hermana. Tan lejos de mí. Tantos años sin vernos. Sin poder servirle de consuelo. Pido a dios que ilumine mi alma para que sosiegue otro sentimiento que se abre paso en mi corazón con la misma fuerza que el dolor: el odio infinito hacia el ser que se la llevó con la promesa de una vida mejor. Asesino. Maldito seas.

 Siempre supe que él no era una buena persona. Quién sabe si la insistencia con la que traté de convencer a mi hermana para que no se casara con él contribuyó a dar aún más fuerza a sus planes. Locamente enamorada. Tanta alegría. Su primer y único amor. Ahora ya nada importa. Ella no está. Mi pena es infinita. Después de tantos años de vida solitaria, el silencio, siempre de mi parte, me rompe y me asfixia. Cómo me gustaría que llegara la mañana para que entraran los niños a la escuela y llenaran este vacío tenebroso con sus risas y sus voces. Mi hermana ha muerto. Mi hermana. Descansa en paz, mi bien. Que dios te dé la paz que ese hombre nos arrebató; y el sufrimiento y el dolor que te infligió lo persiga hasta el final de sus días.

¡Mi hermana tenía un hijo! Un niño. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no ponerme a gritar de alegría frente a la persona que ha venido de la ciudad para darme la noticia. Un hijo de mi hermana. El marido de mi hermana, su asesino, está en la cárcel y han venido a preguntarme si yo me haría cargo de la criatura. ¡¿Que si me haría cargo?! Mi casa, mis brazos y mi corazón se abren de par en par para recibir al hijo de mi hermana. Cariño mío, cuidaré de él como si fuera mi propio hijo. Es mi hijo. Nuestro hijo. Nuestro niño. Le hablaré de ti todos los días. De tus ojos, de tu piel, de tu pelo, de tu risa. Tu risa. Y mi pena se tornará en alegría pensando que al acariciarlo te acaricio a ti. Mi niña. Alegría, alegría insospechada en medio de este páramo de tristeza.

Hoy ha llegado Lennie. Es un crío enorme. Tiene nueve años… Eso me ha dicho el hombre que lo acompañaba. ¡Nueve años! Hace nueve años que mi hermana trajo un hijo al mundo y yo no sabía nada. Separadas solo por unos cientos de kilómetros que se tornaron insalvables por un muro irracional. Vuelve la arcada. Señor, ayúdame a deshacerme de esa fuerza sobrenatural que me arrastra. Calma este vómito de ira y ayúdame a transformarlo en amor para este niño.

Lennie apenas habla. Parece tan asustado y desubicado. No dejo de pensar en lo que habrá pasado en estos primeros años de su vida donde todo debería haber sido juego y amor. Pienso en mi hermana dejándose literalmente la vida para proteger a su hijo del horror en el que vivían. No, no hay perdón. El dolor me separa de dios y esta incapacidad para la compasión agranda la distancia. No hay perdón, no lo hay. No quiero que lo haya.

Me tranquiliza ver comer a Lennie. Devora con apetito cuanto le sirvo. Sin atisbo de expresión en su rostro. Como un sonámbulo. He intentado conversar con él y solo le he arrancado algunos monosílabos después de insistir una y otra vez. Paciencia y amor. Eso es todo lo que necesita; y yo voy a darle el amor infinito que me unía a mi hermana y toda la paciencia que sea necesaria.

Establecer contacto visual con Lennie es toda una hazaña. Sus ojos no parecen estar entrenados para ver. No mira, no habla, no sonríe… como si tratara de ser invisible. Tal vez a eso se haya dedicado todos estos años: no dejarse ver para sobrevivir al monstruo. Cuando le he llevado a la habitación me ha preguntado por su madre. Se me ha partido el alma. No es consciente de que su madre ha muerto. ¡Cómo podría serlo un niño de nueve años si ni siquiera yo misma soy capaz de concebir la idea de que mi hermana ya no está en este mundo! ¡Qué no habrá tenido que padecer esta criatura! ¡Qué no habrá visto! Tal vez estaba allí cuando todo sucedió. Creo que está en shock. Dios mío, ilumina mi camino para que pueda abrirme paso hacia él. ¡Tiene los ojos de mi hermana!

Algunas luminarias en el camino ciego que recorro para intentar encontrarme con Lennie. Anoche le escuché gritar. Terrores nocturnos. Tal vez mi desasosiego venga por la falta de costumbre en este tipo de sucesos. Mi día a día con los niños se da en la escuela y aunque se establezcan momentos de intimidad con ellos, está siempre teñida por la autoridad que represento. Nunca había estado tan cerca de sentirme “madre” con todo lo que esta enorme palabra significa. Acudí corriendo a su cuarto en cuanto le oí gritar. Lennie tenía los ojos cerrados. Se agitaba en la cama como si intentara con todas sus fuerzas soltarse del sueño que lo atrapaba. Y fuerzas tiene. En el intento de sujetarlo para calmarle me dio con un brazo y me lanzó al otro lado de la habitación. Bien es cierto que con nueve años Lennie es casi tan alto como yo pero su fuerza no parece muy normal. Por fin abrió los ojos. Aún más desubicado que de costumbre. Miró la habitación donde ya lleva viviendo un mes, como si la viera por primera vez. Escrutó mi rostro como si nunca me hubiera visto antes. Me senté a su lado. Intentaba calmarle con mis palabras. Le dije que no pasaba nada, que todo estaba bien, que estaba a salvo, que yo cuidaría de él… Sin darme cuenta mi salmodia tranquilizadora se convirtió poco a poco en canción. Una canción que nos cantaba mi madre a mi hermana y a mí. Para mi asombro Lennie completaba las sílabas finales, entonándolas con torpeza. ¡Mi hermana le cantaba la misma canción! El crío se fue sosegando lentamente. De pronto levantó la mano y cogió un mechón de mi pelo. Lo acariciaba con suavidad. Enredaba su dedos entre los mechones como algunas veces he visto hacer a los recién nacidos cuando sus madres los amamantan. El momento hilarante llegó cuando, profundamente dormido, pero sin soltar mi pelo, se enroscó hacia el otro lado. Me arrastró hasta obligarme a tumbarme junto a él. Durante un rato estuve intentado librarme de aquella especie de cepo hasta que la tranquila cadencia de la respiración de Lennie me contagió su paz. Me apreté contra él y, casi de forma inmediata, concilié un sueño profundo. Arrastrada por un sentimiento de amor como nunca pensé que fuera posible experimentar. ¡Qué sola he estado hasta ahora sin apenas ser consciente de ello! Ahora entiendo que mi hermana se fuera con aquel energúmeno sin atender ninguna de mis súplicas. El amor, el amor. Yo seguiría a este niño hasta el fin del mundo. Mi querida hermana: abrazada a tu hijo me dormí abrazada también a ti.

No todos sanamos nuestras heridas de la misma manera. Tal vez no soy consciente de la cantidad de sufrimiento que ha padecido Lennie. Un sufrimiento que le ha obligado a replegarse hacia un agujero del que no sabe salir… ¡Clara! ¿Es eso o prefieres pensar así antes que enfrentar los temores que te rondan? Su comportamiento no responde sólo al estado de shock por la muerte de su madre o la violencia que su padre desatara contra ambos. Creo que Lennie presenta un retraso congénito, o tal vez ocasionado por algún acto violento de su padre contra mi hermana durante el embarazo o en los primeros meses de vida del niño. Un retraso, me temo, permanente. Lennie responde ante los estímulos externos como lo haría un niño de mucha menor edad. Los progresos, en estos cuatro meses que lleva viviendo en casa son evidentes. Lo que significa que es receptivo y que no ha sido debidamente estimulado. Ha ido perdiendo esta especie de estrategia defensiva del hombre invisible. Me sigue con la mirada a todas partes. Y comienza a ser capaz de construir frases algo más elaboradas. No sabe leer, por lo que dudo que haya ido a la escuela alguna vez. Está falto de ese estímulo que los niños obtienen de la convivencia con otros niños. Lo llevo conmigo a las clases pero aún no me atrevo a dejarlo solo en el recreo. Los críos pueden ser extraordinariamente crueles con los más débiles, y a pesar de que no me deja de asombrar la fuerza física de mi sobrino, sé que en el fondo está tan indefenso como un pajarillo caído del nido. Él también parece saberlo porque no se separa de mi lado un solo instante.

He tenido que buscar una estrategia para que Lennie no se duerma todas las noches con un mechón de mi pelo atrapado entre sus dedos. Justo cuando le ayudo a meterse en la cama y le canto o le cuento alguna historia, sustituyo mi pelo, antes de que su mano se cierre como una pinza, por un retal de pelo de conejo que recorté del cuello de un abrigo viejo. En una semana el tejido de la pequeña pieza ha quedado completamente destrozado a base de caricias. Se lo he ido cambiando por otros trozos hasta acabar con el cuello del abrigo. Siento que esa suavidad que Lennie tanto necesita es un poderoso vínculo con su madre, mi hermana. Un vínculo necesario para no rendirse por completo a la hostilidad de este mundo. Es muy mayor para muñecos pero aún así no me he podido resistir y le he comprado en el almacén del pueblo un pequeño conejo blanco y marrón. Dios mío, ¡cómo ha merecido la pena! Se ha puesto tan nervioso al verlo que se le saltaban las lágrimas. Abrazaba al conejo y luego a mí una y otra vez como si no fuera capaz de expresar su agradecimiento. Si la producción de amor fuera un valor tangible, solo la de Lennie sería capaz de salvar este país de la ruina.

Hoy hemos encontrado un ratón en casa. He conseguido atraparlo ayudado por Lennie. Antes de hacerlo he tropezado con una de las mesillas auxiliares del salón y me he caído al suelo. Por primera vez en este largo año desde que Lennie llegara a mí, he escuchado su carcajada. Una carcajada desentonada, como las primeras notas de un instrumento de viento que no ha sido debidamente templado. Música celestial para mis oídos. La risa que brota naturalmente de los seres humanos, no como escarnio, sino como punto de encuentro con el otro, destruye cualquier barrera que se interponga. Sus ojos y su cara se han iluminado. ¡Cómo me he reído viéndole perder el equilibrio por la convulsión de su propia risa! La piernas se le rilaban hasta que ha terminado por el suelo. Lennie no tiene filtros sociales. Expresa sus emociones de la forma más primitiva. Como hacen los niños. Pero Lennie tiene ya más envergadura que algunos hombres adultos que conozco. Me he acercado a él con el ratón en la mano. La risa ha cesado. Lennie lo ha contemplado como quien contempla un milagro. Lo ha cogido en su enorme manaza de cachorro. Los versos de Whitman han aparecido en mi cabeza como por arte de magia ante la admiración que se derramaba de los ojos de mi Lennie como torrenteras tras un aguacero de verano:

Creo que una hoja de hierba es tan perfecta
como una jornada sideral de las estrellas,
y que una hormiga,
un grano de arena
y los huevos del abadejo
son perfectos también.
El sapo es una obra maestra de Dios
y las zarzamoras podrían adornar los salones de la gloria.
El tendón más pequeño de mis manos avergüenza
a toda la maquinaria moderna,
una vaca paciendo con la cabeza doblada
supera en belleza a todas las estatuas,
y un ratón es milagro suficiente para convertir
a seis trillones de infieles.




Lennie lo ha acariciado durante unos instantes ensimismado como sólo él en el mundo puede ensimismarse. Las órbitas de sus ojos se abrían y se cerraban de una forma casi imperceptible, moduladas por el asombro de observar ese pequeño ser entre sus dedos. La calidez y suavidad de la vida en su mano. Pero la vida no es uniforme ni constante. Lo que para uno es calidez y suavidad, para otro es antesala de la quietud de la muerte. El ratón se ha revuelto intentando escapar de su encierro. Ha mordido a Lennie en el dedo. El crío ha apretado la mano de forma inconsciente y ha espachurrado al animal antes de que yo pudiera evitarlo. Lennie lo ha soltado mirando con extrañeza su inmovilidad. Lo agitaba cada vez más fuerte en un intento de devolverle a la vida que de forma tan incomprensible para él se había esfumado en un segundo ante sus ojos. Ha llorado como un niño de tres años cuando le he dicho que, una vez muerto, no se lo podía quedar. Que el ratón se pudriría y apestaría toda la casa. Muerte y corrupción son para Lennie dos conceptos imposible de asimilar. Ha llorado y llorado durante todo el día. Hasta que se ha quedado dormido de pura extenuación. Ha conseguido crisparme los nervios de tal manera con su llanto, con su incapacidad para comprender hasta los conceptos más sencillos, con su salmodia insoportable pidiendo una y otra vez el ratón que he echado de menos los días en los que vivía sola y era dueña de mi tiempo. Cuando podía leer o cultivar mi pequeño jardín. ¡Qué difícil es amar en su justa medida! No amar para satisfacer tu propia necesidad de que te amen sino en la entrega generosa y desinteresada de procurar lo mejor para el otro. Hoy he sentido a Lennie como una carga que habré de soportar el resto de mi vida y se me ha encogido el corazón. No sé si soy capaz de seguir asumiendo esta responsabilidad. Es tan vulnerable. Depende tanto de mí que por un momento me he sentido capaz de hacerle lo mismo que él ha hecho a ese insignificante ratón con tal de que se callara. ¿Tendrá todo el mundo este tipo de pensamientos atroces o es que soy la peor de las personas?

Lennie se siente cómodo en la rutina de nuestra vida. Su día se divide básicamente en antes o después de cada comida. Cuando apenas está devorando el último trozo de su plato, -hay que recordarle a diario que nadie va a venir a quitárselo y que no es necesario que bata ningún record mundial de velocidad de engullir- su primera pregunta es sobre lo que cocinaré para la cena. Una vez que ha cenado, pregunta, como si no hubiera comido en tres días lo que va a desayunar. No fija nada en su memoria salvo lo que tiene que ver con la comida. Nunca sabe a quién me refiero por un nombre propio. Es necesario que le ponga a la persona en cuestión un sobrenombre alimentario: la señora que hace ese delicioso pastel de manzana, el hombre que en las fiestas engulló más salchichas que nadie, el que nos regaló aquellos sabrosos chorizos, etc… Su simpleza me conmueve y me irrita a partes iguales. Es como tener un cachorro que crece y crece de tamaño pero nunca deja de ser un cachorro. Su afición a los ratones, a los que siempre termina aplastando, me trae a la memoria los versos finales del poema de Robert Burns, A un ratón al deshacerle su nido con un arado:

Uno más eres de los desdichados
que ven todos sus planes anulados
De ratones y hombres quedan truncados
los proyectos mejores.
¡Y en vez de éxitos anhelados,
nos quedan sinsabores!
Más ¡qué bien estás comparado conmigo!
Es el presente tu único enemigo:
pero ¡ay! ¡yo miro hacia atrás y veo, amigo,
un sombrío camino!
Y si miro adelante a oscuras sigo,
porque miedo me da cuanto adivino.

Qué será de Lennie, incapaz de recordar el pasado, fijar el presente o intuir el futuro… Lennie ya no recuerda a su madre. Tampoco los momentos terribles que vivió junto a su padre. ¿O tal vez sí? Tal vez lo recuerda todo pero tiene averiados las conexiones que nos permiten traerlos de vuelta para sacar conclusiones que nos ayuden a perfeccionarnos… o a hacernos peores personas alimentando el rencor. Olvidar los padecimientos pasados es algo a lo que aspira todo aquel que ha sufrido. Pero no olvidarlos por completo como si no hubieran sucedido. Tal vez superarlos para conseguir la felicidad en el presente o confiar en que se pueda conseguir en el futuro. Olvidarlos, no tener ninguna capacidad para registrarlos nos convierte en algo menos que un ser humano. Puede que el hombre sea el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra pero en algún momento el hombre debe aprender a sortearla si quiere subsistir. ¿En qué se convierte un hombre condenado a tropezar una y otra vez durante toda su existencia con la misma piedra? Lennie es Sísifo. Inconsciente de estar sometido a un castigo eterno pero eternamente castigado al fin y al cabo. Sin la capacidad para revolverse contra dios porque ignora su existencia y el castigo al que está sometido. Aún más vulnerable contra la ira divina o la humana por su incapacidad para reconocer sus señales cuando se cierne sobre nosotros e intentar sortearla o protegerse de ella. ¡Qué pena de hijo! ¡Cómo me angustia pensar en su vida sin mí!

Lennie no sabe lo que es el rencor. Si un compañero lo ha humillado, le ha pegado o lo ha sometido a una broma pesada, él lo saluda al día siguiente con la misma sonrisa y corre hacia él para ser incluido en el juego con todos los demás sin ser consciente que él y su estupidez es la causa de las carcajadas de todos los chicos. Se ríe con ellos como si conociera la razón. Me cuesta tanto controlarme en esos momentos. Correría hacia ellos para abofetearlos, para hacerles daño, para hundir sus estúpidas caras carcajeantes en el barro. También pegaría a Lennie. Siento la compulsión de golpearle para hacerle reaccionar. A veces me resulta inasumible su estupidez.

Lennie me acompaña a diario a la escuela. Limpia la pizarra, barre, arregla algún desperfecto. Obedece sumiso si le digo exactamente lo que debe hacer. Ni rastro de iniciativa propia. Le gusta mucho jugar con los críos, sobre todo con los más pequeños. Adoro ese momento. Sus risas. Es como un oso manso. Los críos reconocen su mansedumbre y no le tienen ningún miedo. Pero yo no quito ojo porque desconfío del autocontrol de sus fuerzas y temo que algún día lance a alguno de mis alumnos tan alto que haya que ir a recogerlo al otro lado del pueblo. Lennie es uno más. Mi eterno cachorro. Pero esta madre envejece y se llena de temor al pensar en la vida que tendrá cuando ya no pueda seguir vigilando, sirviendo de dique para evitar que la maldad del mundo se lo trague definitivamente. Siento que yo misma me vuelvo peor persona ante mi incapacidad para solucionar o paliar la incapacidad de Lennie. Ante la certidumbre de que le harán daño, de que le harán sufrir. Quisiera golpearlos a todos. Aniquilarlos. Gritar al mundo que no tiene derecho a tocar a mi niño. Y de pronto me encuentro con su mirada. Con sus ojos de cachorro que no albergan ni un ápice de maldad. Y todo vuelve a su lugar. Y me sosiego como si los ojos de Lennie fueran capaces de producir una brisa tibia que me envuelve y me susurra: tranquila, dios proveerá. La bondad existe porque Él la puso en el mundo… Pero en mi interior, señor, perdóname, sé que esto no es verdad. No lo es.

He invitado a George, el nieto de la señora Milton, a quedarse a vivir con Lennie y conmigo. Su abuela era su único pariente conocido y si yo no le ofrezco un techo y comida terminará en una institución oficial o dando tumbos por la calle. Esto que parece una acción desinteresada y generosa por mi parte, no lo es en absoluto. Se ha trazado en mi cabeza una especia de plan, descabellado e improbable, pero no sé qué otra cosa puedo hacer dadas mis circunstancias. Estoy enferma. No sé cuánto tiempo me queda, y tal vez sea mejor no saberlo para no vivir aún más angustiada. No me asusta mi propia muerte sino lo que mi ausencia pueda ocasionar a Lennie. Ya tiene quince años y sigue siendo como un niño de siete. Lee a duras penas a pesar de que le he dedicado horas, semanas, años a intentar hacerle avanzar. Lo que un día comprende vuelve a ser un idioma extranjero al día siguiente. La roca de Sísifo cae una y otra vez por la ladera de la montaña. Y mi Lennie la desciende a grandes zancadas con su estúpida sonrisa. Como si fuera un juego volver a cargar la roca hasta la cumbre. No es un juego Lennie, es un castigo. Que dios me perdone, me revuelvo contra él.

Lennie se ha convertido en un gigante con una fuerza desmesurada, lo que le convierte en la perfecta mula de carga. El dueño del almacén del pueblo le ha dado trabajo a regañadientes. Después de mucho insistirle accedió a ello como si me estuviera haciendo un favor en deferencia a haber sido la maestra de sus hijos. Por supuesto le paga menos de la mitad que al resto de los chicos que tiene como aprendices. Cuando me acerqué un día para llevar a Lennie algo de comer, si le doy el bocadillo cuando sale de casa no llega entero a la fábrica, me encontré con una escena espantosa que, sin embargo, ya se había perfilado en mi subconsciente: los otros aprendices de la fábrica se aprovechaban cruelmente de él. Lennie hace el trabajo más sucio, el más duro, el que nadie quería hacer. Los demás lo utilizaban para reírse. Le gastan bromas pesadas, algunas de las cuales le producen un terrible dolor físico. Sabía que todo esto sucedería. Pensé en sacarlo de allí. Afortunadamente no nos hace falta el dinero para vivir. Pero si Lennie no logra desarrollar la mínima habilidad para defenderse contra la hostilidad del mundo, ¿qué será de él cuando yo no esté? ¿cuando yo no pueda intermediar en su día a día? El mundo es un sitio terrible que destina lo peor a personas como Lennie incapaces de responder, ni siquiera por supervivencia, a la hostilidad; y lo hace con una contundencia aún mayor cuando esta incapacidad para defenderse se concentra en un cuerpo de poderosa apariencia. ¿Por qué ese afán de destruir? ¿Por qué esa tendencia innata en el ser humano a seguir la leyes de la más básica animalidad? ¿Es esta tu imagen y semejanza, Señor? Crueldad, injusticia y desproporción. Tal vez me apartes de tu lado por estas palabras. Tal vez me niegues tu rostro cuando muera. Soy madre antes que hija tuya. No eres justo. No lo eres.

George me gusta. Es un gallo de pelea propio de su edad pero le intuyo un fondo diferente. Lennie lo adora. Vive en una permanente excitación desde que George se ha instalado en casa. Intenta imitarlo en todo como un hermano pequeño que confiere a su hermano mayor poderes casi divinos aunque Lennie sea dos o tres años mayor que él. Siento que estoy privando a George de una parte de su libertad al uncirlo al yugo de Lennie. Eso si lo consigo. Por otra parte pienso, o quiero pensar para tranquilizar mi conciencia, que tampoco hago nada malo. ¿Es malo potenciar y facilitar un vínculo de amor entre dos personas? ¿Convertir a dos muchachos que están completamente solos en el mundo en hermanos y hacer que sus vidas no sean indiferentes? Qué otra cosa, sino el amor, puede hacer que nuestro indefectible caminar hacia la tumba tenga algún sentido. George tiene algunas cosas en común con Lennie. Creo que no ha sido entrenado en el afecto. Recibe mis señales de cariño con la tensión de un animal salvaje. Yo no decaigo. Dejo caer mi mano sobre su hombro cuando les sirvo la cena, como un accidente fortuito. Noto sus músculos en tensión bajo mi palma. No la muevo. Insisto en el gesto mientras hablo de cualquier nadería. Le aparto un mechón del pelo como si lo estuviera peinando. Me río yo sola por la noche. Es como si estuviera domando a un potro salvaje. Obligándole a que se acostumbre a las nuevas señales. Me siento una loba vieja intentando que mis lobeznos se hagan poderosos a través del amor. Una loba vieja. Moriré lanzando dentelladas a cualquiera que quiera hacer daño a mis cachorros.



George

Lennie ya era un grandullón cuando George se sumó a la pandilla de chavales que se movían juntos por los alrededores del pueblo. Un tipo tan grande y tan tonto. George era un niño espabilado. De los que mandan en un grupo. De los que deciden a qué se juega y ponen las reglas. De los que saben captar la atención y manejan emocionalmente al resto. De los que son elegidos como líderes en esos acuerdos tácitos que se dan entre un grupo de adolescentes. De los que protegen al grupo pero también pueden ser extraordinariamente crueles con alguno de sus miembros cuando las cosas no se dan como ellos piensan. O incluso de los que saben poner en ridículo a otro miembro de la joven manada por el mero hecho de que disfruten de algo que ellos no tienen: desde el amor de una madre, un hermano mayor, una posición económica, un regalo el día de su cumpleaños o una casa confortable. George nunca tuvo algo semejante.

Hijo único. Su madre murió en el parto. El padre se marchó para ganarse la vida dejando al niño al cuidado de la abuela. Pronto dejó de enviar dinero y tras algunos años sin noticias de él se enteraron de que había muerto en un accidente laboral.  La abuela le anunció la noticia a George en el mismo tono neutro y despegado en el que le decía que se levantara o que echara de comer a las gallinas. George se quedó un poco parado. Pensó que debía sentir algo. Buscó de forma inconsciente durante unos segundos algún tipo de sentimiento. Cómo iba a sentir algo por la muerte de una persona de la que ni siquiera recordaba la cara.

La abuela era una mujer huraña. Alguien que sólo esperaba de la vida su mero discurrir hasta que el señor se la llevara. Había visto morir a sus hijos y a su marido. Y su existencia estaba marcada por la soledad y la difícil labor de subsistir en medio de una pobreza extrema. La presencia de su nieto no vino nunca a paliar el dolor, ni la tristeza, ni la pobreza. El cariño es un músculo que debe ser trabajado y que se atrofia si no se le somete al entrenamiento adecuado. La mujer crió a su nieto por pura inercia. Igual que echaba de comer a los animales o cultivaba su pequeño y árido jardín para sacarle alguna hortaliza: golpes de azada sobre una tierra cada vez más dura y desagradecida por la falta de lluvia.

George procuraba estar el menor tiempo posible en su casa. Iba a dormir o cuando el dolor de estómago le recordaba que no había comido nada en todo el día. Deambulaba de un lado a otro a su aire. Manteniendo con su abuela la misma relación que se tiene con un fantasma. George tenía apenas quince años cuando ella murió. El padre de alguno de sus amigos de la pandilla fue a buscarlo al río y le regañó por no estar en casa el día de la muerte de su abuela después de lo que la pobre había hecho por él. George entró en su casa y recibió inexpresivo las miradas de reproche y de conmiseración de las pocas personas que se habían reunido alrededor del cadáver de su abuela. La miró fijamente metida en el modesto cajón de madera en el que la enterraron. Aquella mujer consumida por la vida y ahora, incluso un poco más seca por la propia muerte, era su única familia. Su muerte lo dejaba solo, completamente solo en el mundo. Volvió a buscar en su interior algún resorte emocional que lo pusiera a la altura de las vecinas (alguna de las cuales ni siquiera conocía) que acompañaban el féretro sin parar de gemir. Ningún movimiento en su alma, salvo, tal vez, un incierto sentimiento de desprecio por ese mundo que lo miraba en su inmensa soledad. Apretó un poco para ver si por fin brotaban las lágrimas pero se sintió tan seco como su abuela.  Abandonó el intento y clavó su mirada en el suelo para que nadie pudiera ver la inexpresividad de su rostro. Su mente comenzó casi de inmediato a imaginar la mejor manera de  humillar al chaval de su pandilla que le había dicho al padre en qué lugar del río podía encontrarlo.

Por su edad y a falta de un adulto que lo tutelara, George debería haber pasado a los servicios de acogida de menores. Pero ¿quién se iba a preocupar por un chaval de quince años en un pueblo de mierda? Además Clara, una vecina de su abuela, lo invitó a quedarse en su casa  cuando los dueños de la pequeña vivienda de alquiler en la que vivía con su abuela vinieron a echarlo. Clara era una mujer cariñosa y alegre. George recibía sus caricias y sus atenciones con intranquilidad, con desconcierto, sin saber muy bien qué hacer o cómo comportarse ante ese nuevo estímulo. Esto no desalentaba a Clara. Nada desalentaba a Clara. Aquella mujer menuda sólo perdía la sonrisa cuando, muy de vez en cuando, se paralizaba mirando a su enorme y retrasado sobrino. Lennie podía pasar horas mirando el movimiento de un molino de viento. Con su mandíbula descolgada y el rostro inexpresivo. La sonrisa de la tía Clara parecía replegarse durante unos segundos asustada por la distancia del mundo en el que habitaba su único pariente vivo. Pero pronto regresaba y su expresión volvía a iluminarse. La tía Clara se acercaba a Lennie, le pasaba su pequeña mano por la espalda y le decía: ¡¿Dónde estabas?, Lennie, Lennie, que te vas tan lejos que algún día no vas a saber regresar!  Lennie la miraba con extrañeza, como si por un segundo no supiera quién era esa mujer que le dedicaba su afectuosa atención. Después, indefectiblemente, una sonrisa se abría paso en la distante inexpresividad del gigante ensimismado y, tía y sobrino parecían secretamente iluminados por una fuerza desconocida.

George los miraba como quien mira por primera vez los extraños rituales de una tribu desconocida. Eran personas como él pero su comportamiento respondía a unos códigos que nunca había manejado. Hablaban una lengua extranjera.
El ser humano está preparado para aprender otras lenguas. Incluso cuando no ponemos mayor empeño en hacerlo pero la escuchamos a diario, el sonido de sus palabras va revelando poco a poco su significado. No queremos hablarlo. Siempre da vergüenza. Hasta que un día una frase surge de una forma espontanea y sorprendente. Sin traducción previa. La primera frase en esa lengua desconocida se formó con arrolladora claridad en la cabeza de George el día en el que le ordenó a Lennie que se tirara al río a pesar de saber que no sabía nadar. Lennie hacía cualquier cosa que esa suerte de hermano que le había dado su tía le decía. Esto hacía que George se sintiera poderoso. El poder que emana de mandar y que te obedezcan sin ponerte jamás en cuestión. Y más si quien acata tus órdenes es un ser con una fuerza desmesurada.

Lennie saltó al río en cuanto George se lo ordenó jaleado por las risas de sus compañeros de juego. Braceó desesperadamente durante mucho tiempo intentando mantenerse a flote. Llamaba angustiado a George para que lo ayudara. Parte de los chavales salieron corriendo para evitar estar en el mismo sitio cuando aquello acabara. Otros seguían riéndose. George miraba paralizado la angustia vital de Lennie que seguía gritando su nombre cada vez que conseguía sacar la cabeza fuera del agua. Fue un resorte inconsciente el que le impulsó a saltar al río para ayudarle. Después de mucho esfuerzo, George consiguió arrastrarlo hasta la orilla. Lennie se abrazó a él agradeciendo desde lo más profundo de su corazón que lo hubiera salvado. George sintió una oleada tibia entre los brazos de su hermano putativo. Sintió el cariño de Lennie, sintió su entrega, sintió su amor incondicional y sintió una profunda vergüenza de sí mismo… El extraño lenguaje en el que la tía Clara hablaba se conformó en su cabeza con claridad. Un rayo diáfano y cálido que, a pesar de su fuerza, nunca perdió su condición de extranjero. Por primera vez en su vida el intangible poder del vínculo del amor lo enredaba y se aferraba a su cuerpo con la misma fuerza que lo abrazaba Lennie.
Si Lennie ya estaba entregado a George de antemano, desde aquel día pasó a considerarlo su héroe. Y George aceptó el papel. Ya nadie podía meterse con Lennie. Nadie tenía derecho a llamarle tonto o hacerle las bromas con las que antes se burlaban de él. Lennie era cosa suya, era su responsabilidad. Sin darle un nombre, sin pensar sobre ello, George creó el primer vínculo afectivo verdadero de su vida.

domingo, 12 de mayo de 2013

fe de errores

entrevista en el magazine especial sobre el infierno de hoy con la escritora lucía etxebarria. en el arranque se dice que ganó el premio planeta en 2001 con de todo lo visible y lo invisible. el galardón que cosechó ese año y con ese libro fue, en realidad, el primavera. el planeta lo ganó en 2004 con un milagro en equilibrio.






sábado, 20 de abril de 2013

esa larga noche de piedra

mañana, en magazine, zapatos con el exministro socialista y expresidente del parlamento europeo enrique barón, que recientemente ha publicado sus memorias más europa ¡unida!. nos recibió en su casa, en chamberí, y mientras antonio heredia preparaba la iluminación y el marco que usamos para la fotografía, mantuvimos la clásica conversación de cortesía sobre lo concurrido que había estado unos días antes el acto de presentación del libro en el casino de madrid: pedro solbeselena salgado, ángel gabilondo, juan carlos rodríguez ibarra, marcelino oreja, josé maría gil robles, manuel campo vidal, javier godó, césar antonio molina, miguel ríos... 

repasando la nómina, barón hizo hincapié en félix grande y francisca aguirre, casados, ambos poetas, ambos distinguidos con el premio nacional de poesía. a la charla se sumaron itziar de francisco, de la editorial rba, y la esposa de barón, sofía gandarias, pintora. la cosa derivó hacia un libro de aguirre, historia de una anatomía. y entonces gandarias contó una historia tremenda.

francisca aguirre no acudió a recoger el nacional de poesía 2011, que se entregó en febrero de este año. la ceremonia tuvo lugar en el palacio de el pardo. y el lugar le traía unos recuerdos horribles. siendo una niña, había acudido junto a sus hermanas y su madre a pedir de rodillas ante carmencita franco clemencia para su padre, el pintor lorenzo aguirre, condenado a muerte. tres meses después, aguirre era ejecutado en la cárcel de porlier. félix grande ya lo había contado en un artículo en el país en diciembre de 1999.

le comenté el episodio al amigo paco arriero, historiador y librero, que ha tratado en alguna ocasión a guadalupe grande aguirre, hija de félix y francisca, y me confirmó su veracidad: "pues sí, víctor, se trata de una historia cierta. francisca aguirre fue una de las miles de niñas que perdieron la guerra, que perdieron a su padre y que vivieron esa 'larga noche de piedra' que, en palabras de celso emilio ferreiro, fue para millones de españoles el franquismo".

además, me envió un texto con la intervención de guadalupe grande en un congreso del seminario de fuentes orales de la universidad complutense, del que me permito extractar un fragmento:

             "aún debió que pasar más tiempo, más historia, hasta llegar hacia los años ochenta, cuarenta años cumplidos desde la ejecución del padre, para que mi madre comenzara a fijar en el papel aquellas narraciones -algunas ya habían tomado la forma de poemas, escalones de ida y vuelta en el espejo de la memoria- en un libro, espejito, espejito. creo que francisca aguirre tomó entonces la decisión de no abandonar su infancia, de restituir en el papel impreso la zona de la mirada de infancia que no había sido empujada prematuramente a la gravedad del adulto: era una sonriente venganza, y también una manera de decirnos a los que vivimos aquellos años: 'no os preocupéis, después de la bruma de las invisibles que sonaban como faros en la tempestad, ya os he liberado, negro sobre blanco, de seguir acompañándome en el acto de restitución, seguid buscándola, si queréis, pero no a causa de mi orfandad. yo ya he fijado lo que debía fijar: y si la restitución no es posible, que suene por encima de la injusticia legalizada la venganza de la vida. mi vida y mis recuerdos, mi presencia en el mundo y mis palabras son los testigos inocentes e incesantes. y ahora estas palabras impresas en 1995'".

domingo, 7 de abril de 2013

bendita, sufrida, desorientada, menguante clase media

entrevista en magazine con ramón tamames, que acaba de publicar en rba unas extensas memorias. algún día hablaré aquí, si el autor tiene a bien, de su afición a la pintura y al dibujo, de la que dejo somera muestra con este fugaz autorretrato de cuando le hicimos la entrevista del zapato.


algun día digo, hablaré del tamames pintor de domingos. hoy me limito a reproducir en su totalidad un fragmento de la entrevista que, por motivos de espacio, hubo que editar para su publicación en papel. a mí me parece muy interesante.

          p. mencionaba antes el consenso de 1978, que hoy parece lejos de alcanzarse. ¿tiene eso que ver con que la mayoría de las personas que forjaron aquel consenso conocieron una guerra y todas, una dictadura de casi 40 años?

          r. yo lo que creo es que se dieron unas circunstancias históricas muy favorables para hacer la transición, aunque algunos no están contentos con ella porque no hubo ruptura... dentro de lo que se podía hacer fue el camino más ajustado a las posibilidades reales. la ruptura era imposible con un ejército todavía franquista, y la concordia era factible porque lo retornados del exilio, el pce, y sobre todo santiago carrillo, hacía años que estaban por la reconciliación. y el psoe y otras fuerzas, pues tres cuartos de lo mismo. además, la guerra civil ya era imposible porque había unas clases medias, que eso se explica muy bien en varios libros.

          [el general estadounidense] vernon walters estuvo con franco en 1971 por encargo de nixon para saber qué iba a pasar en españa cuando él muriera, y franco le contestó: "no se preocupen, no va a pasar nada, tenemos grandes aliados". walters preguntó: "¿qué aliados? ¿el ejército? ¿las leyes fundamentales del régimen? ¿el movimiento nacional?". a lo que franco repuso: "no, no, no, nada de eso. ni siquiera eeuu. los grandes aliados serán las clases medias, que hoy ya forman la mayor parte de la sociedad española. tienen una situación acomodada desde la cual no van a jugarse el todo por el todo para hacer otra vez una guerra civil".

          eso es cierto, cuando hay mucha clase media, la situación es distinta. no es lo mismo que cuando el enfrentamiento es entre los que no tienen nada que perder y los que tienen todo por perder, que era el problema de la república, que tenía un 70% de proletariado, un 15% de clases medias y un 5% de oligarquía. claro, la guerra era de cajón.

según el informe desigualdad y derechos sociales. análisis y perspectivas, presentado por cáritas el pasado 20 de marzo, la diferencia entre las rentas más altas y las más bajas se ha incrementado un 30% en españa desde 2006. 

sábado, 6 de abril de 2013

de la flecha del valle a la pantera de villablino

el pasado domingo 3 de marzo publicábamos en magazine la entrevista de los zapatos al escritor leonés luis mateo díez. esta tarde real madrid y levante unión deportiva juegan en el estadio santiago bernabéu un partido correspondiente a la jornada 30 del campeonato de liga. el improbable vínculo entre estas dos circunstancias aparantemente inconexas se llama valmiro lopes rocha. valdo. la pantera de villablino.
el autor de la fuente de la edad o el más reciente -y muy recomendable- la cabeza en llamas, a quien se puede ver debajo en fotografía de antonio heredia, reconoce cierta afición al fútbol, una afición mesurada, como su propia escritura, decididamente merengona y estrictamente circunscrita al ámbito de la contemplación televisiva.


le pregunté si alguna vez había escrito sobre fútbol y su respuesta primera fue no. pero en seguida se enmendó y recordó que sí, que una vez había escrito un cuento. con motivo del centenario del real madrid se promovió la edición de un libro en el que once escritores contribuían con un relato sobre fútbol cada uno. 
el libro se tituló el siglo blanco. once historias madridistas, lo editó planeta en mayo de 2002 y la peculiar alineación la constituyeron juan pedro aparicio, luis mateo díez, javier garcía sánchez, antonio gómez rufo, ramón irigoyen, luis landero, fernando martínez laínez, isaac montero, javier reverte, josé carlos somoza y andrés sorel. victoria iglesias les hizo una divertida foto como jugadores de un equipo de fútbol que se incluye en la página 5 de esta simpática antología.
el cuento de luis mateo díez se llamaba la ballena y el balón y contaba la frustrada gesta del propio autor y su amigo amiro, un prometedor extremo llamado a convertirse en la flecha del valle, en el rápido del sil. los dos amigos planean escaparse de su villablino natal y llegar a madrid para que los ojeadores de chamartín cayesen rendidos ante amiro. para su desgracia, son descubiertos y convenientemente reconvenidos con un par de hostias por el padre de amiro antes de poder coger el tren a la capital. cuarenta años después, prosigue la narración, amiro llama por teléfono a luis mateo para pedirle que encienda el televisor y vea el debut, por fin, de un muchacho de villablino en el santiago bernabéu.
aquel chaval era valdo, hoy jugador del levante y nacido en villaseca de laciana, municipio de villablino, provincia de león, el 23 de abril de 1981.


formado en las categorías inferiores del real madrid, el sábado 6 de octubre de 2001 se estrenó, efectivamente, en primera división, en el partido real madrid-athletic de bilbao, que los blancos ganaron por 2-0. el cronista de el mundo, jesús alcaide, definió a valdo como "un chaval descarado por la derecha".
"sí, claro que recuerdo aquel partido", explica valdo 24 horas antes de jugar contra el madrid. "era un momento complicado para el equipo, y los que veníamos de la cantera teníamos oportunidades [en aquel encuentro debutó también raúl bravo]. al final del primer tiempo se lesionó geremy y pude jugar toda la segunda parte. le di a solari el pase del 2-0".
el centrocampista granota sabía que luis mateo díez le había citado en el cuento y tiene un ejemplar del libro: "el autor es amigo de mi padre y estuve en la presentación".
valdo solo vivió cinco años en el valle de laciana, pero siguió pasando allí los veranos y las vacaciones de semana santa. su padre fue uno de las docenas de caboverdianos que llegaron desde mediados de los años 70 al bierzo a trabajar en la minería, los llamados caboberzianos. vino con 18 años y trabajó de minero hasta jubilarse. su madre llegó de cabo verde después. se conocían de allí, pero fue en villablino donde se unieron.
el futuro futbolista vino a estudiar interno a madrid. empezó a despuntar en el pozuelo de alarcón y en el paso de cadete a juvenil, con 16 años, lo fichó el real madrid. coincidió, entre otros, con el mencionado raúl bravo, con íker casillas, con borja fernández, hoy en el getafe...
con el primer equipo del real madrid, jugo en dos temporadas un partido de liga, uno de copa del rey y dos de liga de campeones, trofeo que puede presumir de haber ganado en aquella temporada 2001/2002. después pasó por el osasuna, donde jugó cinco temporadas dejando (y llevándose) un gran recuerdo, por el español, por el málaga y por el levante. el año pasado fichó por el atlante mexicano, en lo que él califica de "una experiencia buena en lo personal, no tanto en lo deportivo", entre otras razones por una controvertida lesión. en enero de 2013 volvió al levante cedido por el equipo mexicano.
dice no estar seguro de cómo ha podido influir en su forma de ser haber nacido en el valle de laciana, pero le gusta volver por villaseca de vez en cuando. allí y en ponferrada conserva amigos y familia y algunos aún le llaman la pantera de villablino. nunca ha habido allí problemas de racismo.
ha jugado partidos con la selección de cabo verde, pero se siente de aquí. "si me preguntan de dónde soy, contesto que de villaseca de laciana", asegura. "es donde nací, mi padre ha pasado muchos más años aquí que en cabo verde [su madre falleció hace cinco años]".
"valmiro lopes rocha, entérate", le decía el buen amiro a luis mateo díez al final de la ballena y el balón. "tuvo que venir una familia de cabo verde al valle para que aquella aventura no acabara con los sopapos que me dio mi padre".
el libro, por cierto, está descatalogado, pero me pude hacer con él a través de uniliber. me lo mandaron desde una librería de segunda mano de una ciudad de provincias. en la guarda se puede leer la siguiente dedicatoria: 
"espero, hermano, que lo que pasó aquel día quede ya en el olvido y que de aquí en adelante seamos más de lo que fuimos. un beso y un abrazo al que es el mejor hermano que se puede tener. te quiere tu hermano p... 24/12/2005".

es evidente que el hermano de p... no ha olvidado "lo que pasó aquel día". o por lo menos que no lo había hecho a la altura de la nochebuena de 2005. paul auster escribiría un fantástico cuento. o luis mateo díez.